Había una vez un niño llamado Pedro, quien vivía en una pequeña y cómoda casa con su familia. Pedro tenía una habitación llena de colores vibrantes, juguetes divertidos y un gran caballete de pintura que siempre estaba lleno de pinceles y tubos de pintura. Pero había algo especial en la pintura de Pedro, cada vez que pintaba un paisaje, parecía tan real que podría saltar dentro de la imagen.
Un día, mientras Pedro dibujaba un hermoso bosque lleno de animales, algo increíble ocurrió. Cuando terminó su última pincelada, la pintura comenzó a brillar y a moverse. Ante sus ojos, la pintura se transformó en un portal brillante, como una ventana a otro mundo.
Pedro, siendo un niño aventurero y curioso, decidió explorar este nuevo mundo. Así que tomó una respiración profunda, cerró los ojos y saltó al portal. Cuando los abrió, se encontró en el mismo bosque que había dibujado, con los mismos árboles altos, el cielo azul y los animales jugando a su alrededor.
Pedro pasó el día explorando el bosque, jugando con los animales y saltando en los charcos. Había un ciervo que era especialmente amigable, y Pedro decidió llamarlo Bambi. Juntos, exploraron el bosque, encontraron frutos deliciosos y nadaron en un lago cristalino.
Pero cuando el sol comenzó a ponerse, Pedro se dio cuenta de que tenía que volver a casa. Así que se despidió de Bambi y corrió de regreso al lugar donde había aparecido el portal. Pero el portal había desaparecido.
Pedro comenzó a entrar en pánico. ¿Cómo iba a volver a casa? Pero luego recordó que él había creado este mundo con su pintura. Así que corrió de vuelta al lago, tomó un poco de agua y tierra para hacer una pintura improvisada y dibujó un portal en el suelo con su dedo.
Al principio, nada sucedió, y Pedro sintió que su corazón se hundía. Pero entonces, el dibujo comenzó a brillar y a moverse, al igual que la pintura en su habitación. Pedro saltó al portal y aterrizó de vuelta en su habitación, justo a tiempo para la cena.
Desde aquel día, Pedro continuó explorando nuevos mundos a través de sus pinturas, cada uno más emocionante y maravilloso que el anterior. Pero siempre se aseguraba de estar de vuelta a tiempo para la cena.
Así, Pedro aprendió que su habitación era más que un lugar para dormir, era un portal a otros mundos, una ventana a su imaginación. Y aunque amaba sus aventuras, siempre estaba contento de volver a casa, donde todo empezó.
Y así concluye la historia de Pedro y su portal de pintura. ¿Y tú? ¿Qué mundos creas cuando dejas volar tu imaginación?

