En un rincón secreto del viejo jardín,
donde los girasoles se alzan sin fin,
una sombra luminosa empezó a aparecer,
un misterio que un niño, Tomás, iba a resolver.
Un día, notó Tomás con gran asombro,
aquel rincón del jardín, antes sombrío y sombro,
ahora brillaba con un resplandor peculiar,
y decidió que ese misterio debía desentrañar.
Con su libreta en mano y lentes para ver,
Tomás se convirtió en un científico de gran saber.
Estudió la luz, la sombra, la oscuridad y el sol,
y de su mente surgió una teoría en un susurro sutil, ¡un farol!
"Pero necesito ayuda", pensó con razón,
"para probar mi teoría y hallar la solución".
Buscó en los libros, en la ciencia y en la tradición,
pero la respuesta escapaba a su comprensión.
Cuando la luna en el cielo comenzó a brillar,
una criatura mágica decidió aparecer.
Era Flora, un hada de luz y sombras,
que venía a Tomás con una oferta de bondad.
"¿Necesitas ayuda, amiguito querido?
Para desentrañar ese misterio escondido,
tengo un don mágico, de luz y de sombra,
puedo mostrarte el camino, si me das tu palabra."
Tomás, sorprendido pero lleno de esperanza,
dijo: "¡Prometo ser valiente en esta danza!
Usaremos tu magia y mi ciencia,
para resolver este misterio y hallar la esencia."
Y así, Tomás y Flora se pusieron a trabajar,
con luz y sombras empezaron a jugar.
Hicieron experimentos, midieron y observaron,
y la luz de la sombra poco a poco descifraron.
Descubrieron que la luz puede jugar y danzar,
formando sombras que parecen brillar.
Era un fenómeno natural, un juego de luces y sombras,
haciendo que el rincón del jardín con magia se asombre.
Tomás anotó todas sus observaciones,
y Flora con magia creó ilustraciones.
Publicaron su descubrimiento en el periódico del jardín,
y todos los insectos aplaudieron con gran alboroto y sin fin.
Y así, el misterio de la sombra luminosa se resolvió,
en el rincón secreto donde la luz jugó.
Tomás aprendió que con ciencia y un poco de magia,
podría descubrir los secretos de la vida, y eso no era una fábula.
Flora, el hada, volvió a su hogar,
pero prometió a Tomás que volvería a visitar.
Y así, en el viejo jardín, bajo los girasoles sin fin,
Tomás esperaba a su amiga, lista para un nuevo misterio desenlazar.
El cuento termina, pero la historia no,
pues el amor por el aprendizaje en Tomás creció.
Y cada noche, bajo la luna y las estrellas,
Tomás soñaba con nuevas aventuras, como las más bellas.

