Había una vez, en un pequeño pueblo enclavado en las montañas de Chile, un niño llamado Tomás. Tomás era un niño extraordinariamente común, excepto por una cosa: tenía una imaginación desbordante. No podía recordar un día en que no hubiera inventado una historia, creado un personaje o soñado con mágicas aventuras.
Un día, mientras paseaba por los campos de flores silvestres, Tomás se encontró con una peculiar piedra de brillantes colores. A diferencia de cualquier otra piedra que hubiera visto antes, esta parecía emanar una luz misteriosa. Fascinado, Tomás la recogió y se la guardó en el bolsillo. Esa noche, mientras dormía, tuvo un sueño extraño. Soñó que la piedra le hablaba y le decía: "Tomás, tienes un don especial. Tu imaginación es un superpoder. Úsalo bien.”
Al despertar, Tomás recordó vívidamente el sueño. Se apresuró a buscar la piedra, y ahí estaba, todavía brillando en su bolsillo. Parecía más brillante que nunca, como si estuviera cargada con la energía de sus sueños. Ese día, Tomás entendió que su imaginación tenía un poder extraordinario. A partir de ahí, con cada historia que imaginaba, algo mágico sucedía. Cuando pensaba en un árbol cargado de frutas, las frutas aparecían. Cuando imaginaba un puente para cruzar el río, el puente se materializaba.
El pueblo estaba asombrado. ¿Cómo podía un niño hacer aparecer frutas y puentes con solo pensar en ellos? La noticia de los poderes de Tomás se extendió rápidamente, y pronto llegó a oídos de la Señora Carmela, la anciana sabia del pueblo. Intrigada, la Señora Carmela decidió visitar a Tomás.
"Tomás," dijo la Señora Carmela, "he oído hablar de tus poderes. ¿Me cuentas cómo lo haces?"
Tomás, un poco nervioso, le contó a la señora Carmela acerca de la piedra y de su sueño. "Creo," concluyó, "que mi imaginación es mi superpoder."
La Señora Carmela asintió y sonrió. "Así es, Tomás. Tienes un don especial. Pero recuerda, un superpoder debe usarse para el bien. Debes usar tu imaginación para ayudar a los demás, no solo para obtener lo que quieres."
Tomás pensó en las palabras de la Señora Carmela. Tenía razón. Decidió que, de ahora en adelante, usaría su don para ayudar a su pueblo. Imaginó un pozo para proporcionar agua fresca, un granero lleno de granos para alimentar al pueblo y una biblioteca llena de libros para que todos pudieran aprender y soñar.
El pueblo floreció gracias a Tomás, y él se convirtió en un héroe. Pero siempre recordaba las palabras de la Señora Carmela. Su imaginación era su superpoder, y él era un superhéroe, no porque pudiera hacer aparecer cosas, sino porque usaba su poder para ayudar a los demás.
Y así, Tomás, el niño con el superpoder de la imaginación, se convirtió en leyenda en su pueblo. Aunque no llevaba una capa ni volaba, era un superhéroe en todos los sentidos de la palabra. Y, lo más importante, aprendió que el mayor superpoder de todos era simplemente ser él mismo.
El cuento de Tomás se transmitió de generación en generación. Y aunque la piedra de colores brillantes se perdió en el tiempo, la leyenda del niño con el superpoder de la imaginación perduró, recordándonos a todos que tenemos el poder de ser nuestros propios héroes, simplemente siendo nosotros mismos. Porque en el final, el superpoder más grande de todos es el superpoder de ser tú.

