Había una vez un pequeño elefante llamado Emilio que vivía en la vasta y tupida selva. Era un elefante feliz, pero había un gran desacuerdo entre él y su mejor amigo, el mono Marcelo.
El problema comenzó cuando encontraron un árbol frutal repleto de deliciosas bananas doradas. Ambos querían la banana más grande y jugosa que colgaba en lo alto del árbol. Pero, ¿quién debería tenerla? Emilio y Marcelo no podían ponerse de acuerdo.
Un día, mientras los dos amigos discutían, apareció de repente una anciana tortuga llamada Tere. Tere era sabia y conocía todas las historias de la selva.
"Emilio, Marcelo, ¿por qué están peleando?" preguntó Tere.
"¡Queremos la misma banana!" ambos respondieron al unísono.
"Hmmm…" murmuró Tere, pensativa. "¿Y si les mostrara cómo resolver este desacuerdo?"
Emilio y Marcelo asintieron entusiasmados. Cualquier cosa que pudiera detener su pelea sería bienvenida.
Tere tomó una pequeña esfera de su caparazón. Brillo y chispeo, y de repente, Emilio y Marcelo se encontraron en un lugar muy diferente. Habían viajado en el tiempo!
Estaban en la misma selva, pero en una época muy antigua. Los árboles eran más grandes, y las bananas… ¡eran más pequeñas!
"¿Dónde estamos?" preguntó Emilio.
"Estamos en el pasado," respondió Tere. "Miren a esos dos."
Señaló a dos elefantes jóvenes peleando por una pequeña banana.
"Pero, ¡ese soy yo!" exclamó Emilio.
"Y ese mono… ¡soy yo!" gritó Marcelo.
"Exacto," dijo Tere. "Están viendo su pasado. ¿Qué les parece?"
Emilio y Marcelo vieron cómo ellos, en el pasado, peleaban por la pequeña banana. Pero luego, algo mágico sucedió. El joven Emilio decidió compartir la banana con el joven Marcelo. Y al compartir, se dieron cuenta de que la banana sabía mucho mejor.
Emilio y Marcelo, en el presente, estaban asombrados.
"¿Compartimos?" preguntó Emilio.
"¡Y nos gustó!" añadió Marcelo.
Tere sonrió. "Ahora, volvamos al presente."
Con otro chisporroteo de la esfera, volvieron a su tiempo, frente al árbol frutal.
"Ahora, ¿qué van a hacer?" preguntó Tere.
Emilio y Marcelo se miraron. Luego, juntos, dijeron, "¡Vamos a compartir!"
Y así lo hicieron. Emilio usó su trompa para alcanzar la banana y la partió en dos. Compartieron la deliciosa banana y se dieron cuenta de que, al igual que en el pasado, sabía mucho mejor cuando se compartía.
Desde aquel día, Emilio y Marcelo nunca volvieron a pelear por las bananas. Aprendieron a compartir y a resolver sus desacuerdos de manera pacífica. Y siempre recordaron la lección que la sabia tortuga Tere les enseñó.
Y así, el pequeño elefante y el mono resolvieron su gran desacuerdo, aprendiendo que compartir no solo es cuidar, sino que también hace que las cosas sepan mucho mejor. Y vivieron felices y contentos en su querida selva, compartiendo y riendo juntos cada día.
Así termina nuestro cuento de "El Pequeño Elefante y el Gran Desacuerdo", recordándonos la importancia de compartir y resolver disputas de manera pacífica. Y, por supuesto, la sabiduría siempre viene de quienes tienen más historias para contar.

