Había una vez una niña llamada Silvia. Silvia era dulce, curiosa y le encantaba jugar al aire libre. Pero había algo que a Silvia le daba miedo: su sombra. Sí, su sombra. Aunque sabía que no podía hacerle daño, le parecía misteriosa y un poco aterradora.
Un día, mientras jugaba en su jardín, Silvia vio que su sombra se alargaba y encogía. "¡Oh no, ahí está otra vez!" exclamó, y corrió a esconderse detrás de un gran árbol. Pero la sombra la siguió. "Por favor, déjame en paz", le rogó Silvia a su sombra.
De repente, la sombra comenzó a cambiar de forma. Primero tomó la forma de una mariposa, luego de un conejo y finalmente de un pájaro. "¡Pío, pío!" cantó la sombra. Silvia se asomó desde detrás del árbol. "¿Mi sombra puede hacer eso?" se preguntó.
Decidió que iba a enfrentarse a su miedo. Salió de su escondite y miró a su sombra. "Si puedes ser una mariposa, un conejo y un pájaro, ¿puedes ser un dinosaurio también?" preguntó. Y antes de que pudiera parpadear, su sombra se convirtió en un enorme dinosaurio. "¡ROAR!" rugió la sombra. A Silvia le dio un pequeño susto, pero luego comenzó a reír. "¡Eso es increíble!" exclamó.
Desde ese día, Silvia ya no le temía a su sombra. De hecho, comenzó a jugar con ella. Hicieron carreras, jugaron a la escondida y hasta bailaron juntas. Silvia descubrió que su sombra no era misteriosa ni aterradora, sino un compañero de juegos muy divertido.
Y así, Silvia superó su miedo a la sombra, aprendiendo que a veces, las cosas que nos asustan solo necesitan ser conocidas y comprendidas. Y cada vez que jugaba con su sombra, Silvia se recordaba a sí misma: "No hay nada de qué tener miedo, solo es mi sombra".
Así termina nuestra historia de Silvia y su sombra misteriosa. Y recuerda, si alguna vez tienes miedo de algo, trata de conocerlo mejor. Tal vez descubras que no es tan aterrador después de todo. ¡Fin!

