Había una vez, en un rincón muy verde y frondoso del mundo, un bosque encantado llamado "El Bosque de las Voces". En este bosque vivía una pequeña familia de conejitos: Papá Conejo, Mamá Coneja, y sus dos conejitos, Pelusín y Algodón.
Cada mañana, Pelusín y Algodón se despertaban al sonido de las voces del bosque. "Pío, pío", decían los pajaritos. "Crunch, crunch", crujían las hojas bajo sus patitas. "Chirri, chirri", cantaban los grillos. El bosque siempre tenía algo que decir.
Un día, mientras la familia de conejitos jugaba cerca del río, escucharon una voz que nunca habían oído antes. "Glug, glug", decía. Era el río, que estaba muy triste porque estaba lleno de basura.
Papá Conejo, que siempre era muy sabio, les explicó a Pelusín y Algodón que el río estaba triste porque las personas no estaban cuidando bien del bosque. Habían tirado basura en el río, lo que hacía que los peces no pudieran nadar y las ranas no pudieran saltar.
Pelusín y Algodón se sintieron muy tristes por el río. "¿Podemos ayudar?", preguntaron. Mamá Coneja, siempre cariñosa y amable, les dio unas bolsitas de tela. "Podemos recoger la basura del río", dijo. Y así lo hicieron.
Pasaron toda la tarde recogiendo basura del río. "Plaf, plaf", sonaban las bolsitas llenas de basura. "Gracias, gracias", susurraba el río a medida que se limpiaba. Al final del día, el río estaba limpio y contento.
Esa noche, cuando volvieron a su madriguera, el bosque estaba lleno de nuevas voces. "Swish, swish", decían las hojas de los árboles. "Chap, chap", decían los peces saltando en el río. "Croac, croac", cantaban las ranas.
Pelusín y Algodón se durmieron esa noche al sonido de un bosque feliz. Habían aprendido que cada voz en el bosque era importante y que todos debíamos hacer nuestra parte para cuidar de la naturaleza. Y así, la familia de conejitos siguió viviendo en el Bosque de las Voces, siempre escuchando y cuidando de su hogar.
Y la moraleja de esta historia es que cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar en el cuidado de nuestro planeta. No importa cuán pequeños seamos, siempre podemos hacer una gran diferencia. Así como Pelusín y Algodón, podemos escuchar las voces de la naturaleza y actuar para protegerla.

