El Ladrón de Sonrisas

Había una vez en el futuro lejano, una ciudad muy especial llamada Ciudad Alegre. Tenía rascacielos brillantes como estrellas, coches voladores que zumbaban como abejas y sus habitantes siempre llevaban una gran sonrisa en su rostro. Pero un día, las sonrisas comenzaron a desaparecer.

El jefe de la policía, el gran y sabio señor Grisón, notó el cambio. En lugar de las brillantes sonrisas que solían iluminar la ciudad, ahora veía caras largas y tristes. Decidió investigar y descubrió que todas las sonrisas estaban siendo robadas por un ladrón misterioso.

El señor Grisón comenzó a buscar al ladrón. Observó, escuchó y preguntó, pero no pudo encontrar ninguna pista. Entonces, tuvo una idea brillante: "¡Haré una sonrisa tan grande y brillante que el ladrón no podrá resistirse a robarla! Y cuando lo haga, ¡lo atraparé!"

El señor Grisón trabajó día y noche, utilizando la más avanzada tecnología. Creó una sonrisa gigante, tan brillante que iluminaba toda la ciudad. La colocó en el centro de la plaza principal y esperó.

No pasó mucho tiempo antes de que una sombra se deslizara hacia la sonrisa gigante. El ladrón era una pequeña niña llamada Tristeza. Ella vivía en las sombras, porque no tenía una sonrisa propia para compartir. Cada noche, robaba las sonrisas de los demás, esperando que alguna pudiera hacerla feliz. Pero ninguna sonrisa robada podía llenar el vacío en su corazón.

El señor Grisón la atrapó con suavidad y le preguntó: "¿Por qué robas las sonrisas, Tristeza?" Con lágrimas en los ojos, ella confesó su tristeza y su deseo de ser feliz.

El señor Grisón se entristeció al escuchar su historia. Pero en lugar de castigarla, decidió ayudarla. Él le explicó que las sonrisas no pueden ser robadas, deben ser ganadas y compartidas.

Juntos, comenzaron a repartir juguetes, libros y flores a los habitantes de la ciudad. Tristeza aprendió a hacer reír a los demás con chistes y juegos divertidos. Poco a poco, su corazón comenzó a llenarse de alegría y, por primera vez, una verdadera sonrisa se dibujó en su rostro.

La noticia de su transformación se extendió por toda la ciudad. Las personas comenzaron a sonreír de nuevo, compartiendo su felicidad con los demás. Ciudad Alegre volvió a brillar con las sonrisas de sus habitantes.

La moraleja de la historia es que las sonrisas no se pueden robar, deben ser ganadas con bondad y amor. Y no importa cuán grande sea tu tristeza, siempre hay una forma de encontrar la felicidad y compartir tu sonrisa con los demás.

Y así, Tristeza se convirtió en Alegría, la niña que robaba sonrisas se convirtió en la niña que las regalaba. Y todos en Ciudad Alegre aprendieron una valiosa lección sobre el valor de la felicidad compartida.

Recordemos siempre que una sonrisa genuina no es aquella que se roba, sino la que se comparte con amor y bondad. Y no olvidemos que en la Ciudad Alegre de nuestras vidas, cada uno de nosotros puede ser un señor Grisón que ayuda a transformar la tristeza en alegría.

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