Había una vez un niño llamado Ishaan, quien vivía en una pequeña aldea en la India. Su padre era un famoso artesano de espejos, y su madre, una bailarina de Kathak, un antiguo estilo de danza clásica india. Aunque Ishaan estaba rodeado de belleza y tradición, soñaba con explorar mundos más allá de su alcance.
Un día, mientras Ishaan ayudaba a su padre en el taller, encontró un espejo antiguo cubierto de polvo y telarañas. El espejo, a diferencia de los otros, tenía un marco de madera ornamentado con inscripciones en un idioma desconocido. Intrigado, Ishaan lo limpió y se miró en él.
De repente, en lugar de su reflejo, vio una ciudad bulliciosa con rascacielos altísimos y luces parpadeantes. Vio gente de todas las razas y culturas, hablando en lenguas que nunca había escuchado antes. Ishaan se dio cuenta de que este no era un espejo ordinario, sino un portal a mundos ocultos.
Cada vez que Ishaan miraba en el espejo, veía un mundo diferente. Un día, vio un universo donde la gente volaba con alas de mariposa; otro día, un mundo submarino con ciudades de coral y criaturas marinas parlantes. Ishaan estaba fascinado y pasaba horas explorando estos mundos a través del espejo.
Un día, Ishaan entró en un mundo donde la música era el lenguaje. La gente hablaba en melodías y ritmos, y las emociones se expresaban mediante diferentes géneros musicales. Ishaan, recordando las danzas de su madre, comenzó a moverse al ritmo de las melodías. A su sorpresa, los habitantes del mundo musical respondieron a su danza, creando una hermosa sinfonía de sonidos.
Ishaan estaba emocionado por compartir sus descubrimientos con su familia y amigos. Pero pronto se dio cuenta de que su aldea no entendía o apreciaba estos mundos extraños. Sus historias eran descartadas como fantasías de un soñador.
Pero Ishaan no se desanimó. Comprendió que su don para los mundos ocultos era especial y decidió usarlo para unir a la gente. Comenzó a invitar a las personas a su casa, una por una, para mostrarles los mundos en el espejo. Al principio, la gente era escéptica. Pero a medida que experimentaban la maravilla de estos mundos ocultos, comenzaron a ver el valor en las visiones de Ishaan.
La aldea, que alguna vez había sido tranquila y monótona, se llenó de emoción y curiosidad. Los aldeanos comenzaron a celebrar la diversidad y a apreciar las diferencias, inspirados por los mundos que Ishaan les había mostrado.
Con el tiempo, Ishaan se convirtió en un puente entre su aldea y los mundos ocultos, enseñando a la gente a apreciar nuevas culturas, idiomas y formas de vida. Su espejo se convirtió en un símbolo de unidad y comprensión, un recordatorio de que, aunque diferentes, todos somos parte del mismo universo.
Y así, el soñador Ishaan, con su espejo mágico, mostró a su aldea que lo desconocido no es algo que temer, sino una oportunidad para aprender y crecer. A través de su imaginación y su valentía, Ishaan demostró que a veces, los mundos más maravillosos son aquellos que se encuentran más allá de lo que nuestros ojos pueden ver.
Y aunque el espejo ahora está en un lugar de honor en la aldea, Ishaan sigue siendo un soñador, siempre buscando nuevos mundos para explorar, nuevas culturas para descubrir y nuevas lecciones para aprender. Porque, como descubrió Ishaan, el universo es un lugar vasto y maravilloso, lleno de infinitas posibilidades y mundos ocultos esperando ser descubiertos.

