Había una vez, en la pequeña ciudad de Espejismo, una familia que vivía en una antigua casa victoriana. La familia estaba compuesta por la pequeña, pero valiente, Elisa, sus padres, y su abuelo, un anciano sabio y aventurero.
El abuelo era conocido en toda la ciudad como un coleccionista de espejos antiguos. En su casa, repleta de espejos de todas las formas y tamaños, el abuelo contaba historias fascinantes sobre cómo los espejos no sólo reflejaban la realidad, sino que también podían contener puertas hacia otros mundos. Aunque Elisa adoraba estas historias, nunca las creyó… hasta ese fatídico día.
Era un martes tranquilo cuando Elisa se encontró frente a un espejo que nunca antes había visto. Era antiguo y grande, con un marco de oro desgastado. Lo que la sorprendió fue su reflejo, que mostraba un jardín exuberante y lleno de flores brillantes en lugar de su propia imagen. Asombrada, extendió su mano hacia el espejo y, para su sorpresa, su mano atravesó el cristal, como si fuera agua.
Armada de valor, Elisa decidió adentrarse en el desconocido mundo del espejo. Al cruzar, se encontró en el jardín que había visto reflejado. Pero no era un jardín ordinario, era un laberinto de espejos olvidados, cada uno reflejando un mundo diferente.
Así comenzó la aventura de Elisa, explorando los diversos mundos reflejados en los espejos. Encontró uno lleno de mariposas gigantes que hablaban en rima, otro donde las nubes eran de algodón de azúcar que podías coger y comer, y uno donde las estrellas caían como lluvia dorada.
Pero pronto, Elisa se perdió en el laberinto de espejos. Cada espejo que cruzaba la llevaba a un mundo más extraño y lejano que el anterior. Añoraba su hogar, su familia, y se sentía desesperada. En su desesperación, recordó los cuentos de su abuelo.
Recordó que su abuelo siempre decía que los espejos reflejaban la verdad. En ese momento, Elisa se dio cuenta de que la clave para salir del laberinto era enfrentar su propio reflejo. Así que, en el próximo espejo que encontró, se miró profundamente y dijo en voz alta: "Quiero volver a casa".
En ese instante, el espejo mostró la sala de la casa de su abuelo. Elisa, emocionada, dio un paso adelante y, como un suave suspiro, volvió a su mundo. Allí estaban sus padres, abrazándola fuertemente, y su abuelo, con una sonrisa sabia en su rostro.
Desde aquel día, Elisa ya no veía los espejos como objetos comunes. Para ella, cada espejo era un portal a un mundo mágico, una aventura esperando ser descubierta. Y aunque no volvió a cruzar a otro mundo, las historias de su abuelo cobraron vida en su imaginación, dándole una nueva perspectiva del mundo que la rodeaba.
El Laberinto de los Espejos Olvidados se convirtió en una metáfora de la vida para Elisa. Cada espejo, una decisión; cada reflejo, una oportunidad de aprendizaje. Y por encima de todo, aprendió que, sin importar cuán lejos pueda viajar, siempre habrá un camino de regreso a casa, a la familia que la ama.
Y así, la historia de Elisa en el Laberinto de los Espejos Olvidados se convirtió en una leyenda en la pequeña ciudad de Espejismo. Una historia de valentía y amor familiar, de exploración y auto descubrimiento, que se contaría de generación en generación. Y cada vez que un niño miraba un espejo, se preguntaba qué maravilloso mundo estará esperando al otro lado.

