Había una vez un bosque tan resplandeciente que, si lo observabas de noche, pensarías que era un pedazo de cielo arrastrado a la tierra por una estrella traviesa. Este manto de terciopelo verde fue bautizado como los "Bosques Brillantes".
En el corazón del bosque vivía un anciano, el Abuelo Elio. No era un anciano cualquiera, era un saco de arrugas lleno de chistes malos y sabiduría. Todos los días, sin falta, Elio se sentaba en su mecedora de madera, acariciando su barba blanca como la espuma del mar, y contaba historias. Historias de valientes princesas, astutos zorros y gigantes bondadosos. Pero su historia favorita era la Leyenda de los Bosques Brillantes.
Según Elio, los árboles no siempre habían brillado. Eran árboles normales, como tú y como yo… ¡Ups! Quise decir, como los árboles que hay en tu parque. Pero un día, un incidente hilarante cambió todo.
Un duende picarón llamado Rizos Verdes, famoso por sus travesuras y su peluca verde fluorescente, decidió hacer una broma. Mezcló un poco de luz de luna con rocío de la mañana y puso esta extraña poción en el sistema de riego del bosque.
La siguiente mañana, los árboles despertaron brillando más que un camión de bomberos cubierto de purpurina. Rizos Verdes se rió tanto que su peluca se desprendió y rodó colina abajo. Pero aquí viene la moraleja, pequeños saltamontes.
Los árboles brillantes empezaron a atraer a visitantes de todas partes. Pronto, el bosque se convirtió en una atracción turística, y los animales del bosque tuvieron que abrir tiendas de recuerdos y puestos de helados. El bosque estaba siempre lleno de risas, canciones y, por supuesto, luces.
Rizos Verdes, viendo el caos que había creado, intentó revertir su travesura. Pero, oh sorpresa, la luz de luna mezclada con rocío de la mañana no se puede quitar con un simple balde de agua. Intentó de todo, desde exprimir nubes hasta rogarle a un unicornio, pero nada funcionó.
Al final, Rizos Verdes tuvo que abrir su propia tienda de recuerdos, vendiendo miniaturas de árboles brillantes y tarjetas postales. Aprendió que las bromas pueden tener consecuencias duraderas y que la risa a costa de otros puede terminar volviéndose en tu contra.
El Abuelo Elio siempre terminaba su historia con una sonrisa y una risa. "Así que recuerda, pequeños saltamontes", decía, "antes de jugar una broma, piénsalo dos veces. Y si tienes una peluca verde fluorescente, asegúrate de sujetarla bien".
Los niños se reían y aplaudían, llevándose a casa la imagen de un duende con una peluca verde corriendo por un bosque brillante. Y, por supuesto, la moraleja de la historia: las travesuras pueden ser divertidas, pero siempre tienen consecuencias.
Y así, en medio de risas y moralejas, los días en los Bosques Brillantes pasaban llenos de luz. Literalmente. Porque, sabes, los árboles brillaban. ¿Lo entendiste? ¡Ay, los escritores y sus chistes malos!

