Había una vez, en un reino de plumas y granos, un grupo de pollitos juguetones que vivían en una granja colorida. El granero estaba lleno de semillas de todos los colores, pero había una que todos deseaban: las semillas doradas. Se decía que estas semillas tenían un sabor mágicamente delicioso y otorgaban fuerza y vitalidad a quien las comiera.
Sin embargo, las semillas doradas eran escasas y siempre estaban en un lugar especial, dentro de un cofre, al cuidado del sabio gallinero, el Gallo Gugú. El Gallo Gugú era un inventor y científico, siempre estaba inventando cosas para mejorar la vida en la granja.
Un día, las semillas doradas desaparecieron misteriosamente. ¡Pío, pío, pío! Los pollitos estaban preocupados. Buscaron por todos lados, pero no encontraron nada. ¡Las semillas doradas habían desaparecido!
El Gallo Gugú, con su bata blanca y sus gafas redondas, estaba decidido a resolver el misterio. Usó su microscopio, su telescopio, y hasta inventó una máquina detectora de semillas. Pero, a pesar de su esfuerzo, las semillas doradas seguían sin aparecer.
Los pollitos, tristes y desanimados, no sabían qué hacer. Pero entonces, uno de ellos, el pollito Pío-Pío, tuvo una idea. Recordó algo que el Gallo Gugú siempre decía: "La respuesta a los grandes misterios, a veces se encuentra en los lugares más sencillos".
Pío-Pío pensó y pensó. Luego, miró a su alrededor y vio algo brillante escondido en la esquina del granero. Corrió hacia allí y…. ¡Pío, pío, pío! ¡Había encontrado las semillas doradas! Estaban en una bolsa de tela, escondidas detrás de un saco de semillas normales.
Pío-Pío llamó a todos y mostró las semillas doradas. Todos los pollitos se alegraron y aplaudieron. Pero entonces, un pollito, Pepito, bajó la cabeza y confesó: "Fui yo quien escondió las semillas. Quería comerlas todas yo solo, pero me di cuenta de que eso era egoísta. Lo siento mucho".
El Gallo Gugú sonrió y dijo: "Gracias por ser honesto, Pepito. Todos cometemos errores, pero lo importante es aprender de ellos. Recordad, compartir es mucho más gratificante que tener algo solo para uno".
Y así, los pollitos aprendieron una valiosa lección sobre la honestidad y compartir. El Gallo Gugú, con su sabiduría y amor por la ciencia, los ayudó a resolver el misterio y les enseñó un importante valor. Desde aquel día, siempre compartían las semillas doradas y vivieron muchas más aventuras en la granja, siempre juntos, siempre felices.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

