En un lugar muy lejano, donde los colores son vibrantes,
vivía un conejito llamado Tito, el más adorable entre los habitantes.
Tito, el conejito honesto, siempre jugaba y saltaba,
en campos de flores y hojas, donde alegremente chapoteaba.
Un día, mientras saltaba, algo brillante vio brillar,
una moneda dorada, que acababa de encontrar.
"Oh, qué brillo tan bonito", pensó Tito con emoción,
pero sabía que no era suyo, eso le causaba preocupación.
"¿Qué hago con esta moneda, que no es mía de verdad?
¿La guardo en mi madriguera, o la devuelvo en realidad?"
Pensó y pensó Tito, mientras mordisqueaba una zanahoria,
decidido a hacer lo correcto, sin importar la hora.
Visitó a señor Oso, a doña Ardilla y al señor Topo,
preguntándoles sobre la moneda, saltando sin parar un poco.
Ellos movieron sus cabezas, no sabían nada de la moneda,
Tito siguió buscando, su tarea aún no estaba terminada.
Fue al río brillante, donde la señora Rana solía cantar,
"¿Has perdido una moneda?" Preguntó Tito, listo para entregar.
Pero la señora Rana dijo: "No, esa moneda no es mía,
sigue buscando, Tito, seguro encontrarás el dueño algún día".
Tito no se dio por vencido, a pesar de que el día se iba,
sabía que ser honesto, era la única vía.
Finalmente llegó a casa de la señora Paloma,
una viejita amable, que vivía sola.
Al ver la moneda, sus ojos se llenaron de alegría,
"Esa es mi moneda perdida, la busqué noche y día".
Agradecida, la señora Paloma, le dio a Tito una zanahoria grande,
por ser tan honesto y devolver lo que no era de su bande.
Esa noche, Tito se durmió con una sonrisa en su rostro,
sabía que ser honesto, era lo más hermoso.
Desde ese día, todos aplaudieron a Tito, el conejito honesto,
por enseñarles con su ejemplo, cómo ser siempre recto.
Y así termina nuestra historia, con una lección importante,
siempre debemos ser honestos, como nuestro amigo Tito, el conejito vibrante.
Recordemos siempre, pequeños y grandes,
que la honestidad es un valor, que nadie puede cambiante.

