Una vez, en un bosque espeso y verde, poblado por mil y un tipos de flores y animales, vivía un picaflor llamado Pedro. Pedro era un pájaro extraordinario con plumas brillantes que reflejaban todos los colores del arco iris. Como todos los picaflores, Pedro tenía una habilidad especial: podía volar en cualquier dirección, ¡incluso hacia atrás!
En este mismo bosque vivía un sabio anciano, Don Samuel, un árbol que había vivido más de cien años. Don Samuel, con su tronco grueso y sus ramas que se estiraban hacia el cielo, había visto pasar las estaciones más veces de las que cualquier criatura del bosque podía recordar. Conocía todas las historias y secretos que el bosque guardaba.
Un día, Pedro volaba de flor en flor en busca de néctar, cuando una fuerte ráfaga de viento lo desvió de su camino, llevándolo hasta Don Samuel. El anciano árbol le dio la bienvenida con una sonrisa y le pidió que se posara en una de sus ramas.
"Pedro, necesito de tu ayuda", dijo Don Samuel. "Como puedes ver, ya no soy tan joven. Hay una semilla en lo alto de mi copa que debe ser plantada antes de que llegue la primera luna llena. Solo tú, con tu habilidad para volar, puedes alcanzarla".
Pedro, aunque un poco nervioso, aceptó la misión. Voló hacia la copa del árbol y, después de buscar un poco, encontró la semilla. Pero en su camino de regreso, una tormenta empezó a formarse. El viento soplaba con fuerza y la lluvia caía en gotas pesadas. A pesar de esto, Pedro no se rindió. Con la semilla en su pico, luchó contra el viento y la lluvia, y finalmente logró llegar a la base del árbol.
Juntos, Don Samuel y Pedro plantaron la semilla. La protegieron de la tormenta con hojas y esperaron. Cuando la tormenta pasó y la primera luna llena brilló en el cielo, la semilla brotó. Una pequeña plántula emergió, prometiendo convertirse en un árbol tan grande y sabio como Don Samuel.
El anciano árbol sonrió y dijo, "Gracias, Pedro. Has demostrado que no importa cuán grande o pequeño seas, todos podemos hacer una diferencia en el mundo. Al ayudar a plantar esta semilla, has asegurado que la vida continúe en nuestro bosque".
Desde aquel día, Pedro voló por el bosque con una nueva comprensión de su papel en la naturaleza. Se dio cuenta de que al cuidar de su hogar, estaba cuidando de sí mismo y de todas las criaturas que vivían allí.
Y así, Pedro el Picaflor y Don Samuel, el sabio árbol, continuaron viviendo en su bosque verde, cuidando de él y de todos sus habitantes. Y cada vez que la luna llena brillaba en el cielo, una nueva semilla brotaba, recordándoles a todos la valentía de un pequeño picaflor y la sabiduría de un anciano árbol.

