La Oscuridad de los Colores Brillantes

Había una vez, en una pequeña ciudad llena de colores brillantes y vivos, un niño llamado Leo. Aunque vivía en un lugar lleno de color, Leo solo veía en blanco y negro, un misterio que ni los médicos, ni los científicos, ni su gato parlante, señor Whiskers, podían explicar.

Un día, el profesor Arturo, un anciano pintor conocido por sus cuadros mágicos, se mudó a la ciudad. Al conocer la historia de Leo, el profesor, que tenía la risa más contagiosa que jamás se haya oído, decidió ayudarlo a ver los colores.

Empezaron por el rojo. El profesor Arturo le entregó a Leo una manzana y dijo: "El rojo es como un fuego caliente, como el amor de tu madre, como el rubor en tus mejillas cuando te da vergüenza". Leo, agarró la manzana y la mordió, pero solo vio una manzana gris.

Intentaron con el azul. "El azul es como el vasto cielo, como un lago tranquilo, como la tristeza que sientes cuando tu helado se cae al suelo". Pero para Leo, el cielo seguía siendo gris, el lago un gris más oscuro y su helado, aunque delicioso, también era gris.

Después de varios intentos fallidos, Leo se sintió desanimado. "Tal vez nunca podré ver los colores", dijo con tristeza.

El profesor Arturo, riendo a carcajadas, le respondió: "Leo, los colores no son solo algo que se ve. Se sienten, se viven. No te preocupes, estoy seguro de que podemos encontrar una solución".

Una noche, mientras Leo soñaba con un mundo a color, el profesor Arturo tuvo una idea brillante. Decidió organizar una fiesta de colores, donde todos en la ciudad debían vestirse con colores brillantes y llevar objetos del mismo color.

El día de la fiesta llegó y todos estaban emocionados, excepto Leo. Sin embargo, no quería decepcionar al profesor Arturo, así que decidió asistir.

La fiesta estaba llena de risas, música y, por supuesto, mucho color. Había globos rojos como manzanas, vestidos azules como el cielo, sombreros verdes como la hierba y mucho más. Sin embargo, para Leo, todo seguía siendo gris.

En medio de la fiesta, el profesor Arturo subió al escenario y anunció que era hora de un gran final. Y entonces, lanzó al cielo una enorme nube de polvo de colores brillantes. En ese momento, algo mágico ocurrió.

Leo, que había estado observando todo con desgano, de repente vio una explosión de colores. El polvo de colores brillantes se mezclaba en el aire, creando un arco iris de color que se esparcía por toda la plaza. Leo no solo veía los colores, sino que los sentía. Sentía el calor del rojo, la tranquilidad del azul, la alegría del amarillo.

Con lágrimas de felicidad en los ojos, Leo corrió hacia el profesor Arturo y lo abrazó. "¡Puedo ver los colores, puedo verlos!", exclamó.

Desde aquel día, Leo no solo vio en colores, sino que también se convirtió en el niño más colorido de la ciudad, siempre con una sonrisa en su rostro y una historia colorida que contar. Y aunque a veces los colores podían parecer oscuros, Leo sabía que detrás de esa oscuridad siempre había un arco iris esperando para salir.

Y lo más importante, aprendió que enfrentar sus miedos y probar cosas nuevas podía llevarlo a experiencias maravillosas y coloridas. Porque como decía el profesor Arturo, siempre riendo: "La vida es como un lienzo en blanco, es nuestra elección llenarlo de colores brillantes".

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